La diplomacia es una disciplina antigua y tiene diversas acepciones. Se emplea
como sinónimo de negociación, de política internacional,
de ceremonial y protocolo, de astucia, de habilidad para decir o hacer las
cosas, pero también de disimulación y de cortesía aparentemente
interesada. Algunos especialistas en la materia como Merino Brito, consideran
que la diplomacia es el instrumento de que se vale la política exterior
de cualquier Estado para la realización de sus planes y consecución
de sus objetivos.
El estudio de la diplomacia ha permitido clasificarla en diversas modalidades: diplomacia bilateral o multilateral, temporal o permanente, abierta o secreta, ministerial o en la cumbre, directa o paralela, técnica o parlamentaria, maquiavélica o del dólar. Estas varían según la cantidad de estados que intervienen, su duración, ambiente político o la categoría de los participantes. Los especialistas pueden diferir entre sí respecto a esta teoría, pero en lo que son coincidentes es en aceptar que la diplomacia debe contribuir, a través del manejo de la política internacional, al arreglo pacífico de los problemas internacionales.
Así, en estas modalidades
encontramos diversos estilos de comunicación comunes en la correspondencia
y el lenguaje diplomático. Se requiere que sean mensajes sencillos,
claros, con precisión, sobriedad, concisión y cortesía.
La correspondencia entre los Jefes de Estado es muy variada, algunas son las
Cartas de Cancillería, cartas de Gabinete, cartas autógrafas,
cablegramas, facsímiles y mensajes electrónicos.
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